martes, 10 de diciembre de 2013

Nuestros Perros

Martes 10 de diciembre de 2013 | 00:30

FUENTE http://www.lanacion.com.ar/1646115-nuestros-perros

Pensamientos Incorrectos

Nuestros perros

Opinión

Por Rolando Hanglin | Para LA NACION

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En el momento de escribir estas líneas, me ocurren dos cosas. Primero: hace tres meses murió mi querido Tao ( "el Camino") un macho sharpei con el que compartimos nada menos que 13 años. Segundo: la compañera de Tao, una hembra sharpei más chica de tamaño pero de carácter alfa, está muy enferma, cubierta de horribles quistes purulentos, flaquita, todo el día echada en su rincón, y ya se nos va.

Tal vez no me encuentre en el momento adecuado para hacer un comentario pensante: estoy perdiendo dos hijos en tres meses. Pero bueno. A veces estas situaciones ayudan a echar fuera del alma las emociones que hemos guardado durante años.

Esta adoración de nuestros perros, que no merecemos, nos hace bien

Los perros son como ángeles que nos manda el cielo para regalarnos afecto ilimitado, para hacernos sentir poderosos como reyes y venerables como dioses. Ellos vienen a ser nuestros vasallos. Los alimentamos, si nos parece bien, y ellos agradecen felices nuestra generosidad. Tienen una voracidad que en España se denomina "hambre de perro": la avidez de uno que ha pasado necesidad y no desperdicia bocado.

Así son también para el afecto. Cuando nos ven, mueven la cola con alegría y sumisión, aunque seamos unos canallas. Ellos imploran nuestra caricia y esperan nuestra orden. Si alguien nos amenaza, corren rugiendo a combatirlo, arriesgando la vida, porque nada hay más importante que la seguridad y la salud del amo. Aunque sea un pobre diablo y un imbécil, ellos lo ven glorioso, dominante, majestuoso y genial. Si está enfermo, lo esperan sine die bajo la cama.

Esta adoración de nuestros perros, que no merecemos, nos hace bien. Cualquier tipejo de morondanga puede sentirse un duque si al llegar a su rancho, chalet o casa quinta, o incluso al asfixiante departamento de cuarta categoría donde recluye a su pobre perro, los canes lo agasajan echando las patas al pecho, mueven la cola, se acuestan patas arriba y le lamen las manos. Ellos son así: nos convierten en dioses.

Se conoce el cuento de aquel perro que siguió a su patrón hasta el cementerio, y allí se acostó sobre la tumba, hasta morir de hambre y de tristeza. Nosotros, en cambio, cuando los vemos enfermos, estamos impacientes. Buscamos en la miserable agenda el día propicio para darles la inyección del viaje final. Algo que ellos nunca harían con nosotros.

Ellos viven menos años que nosotros, en general. ¡Menos mal! ¿Quién los cuidaría, de otra manera, cuando llegara la hora de nuestra partida?

Quiero recordar, en esta hora, al bueno de Chiche, mi perro de la infancia. Era un peludo amarillo, sin raza definida, con un aliento fatal y un carácter dulce. En aquella casa de Ramos Mejía donde me crié (Avellaneda 96, esquina Belgrano) entre higueras, guayabos, pinos y tardes infinitas de fulbito en un baldío cercano, Chiche fue mi íntimo amigo. Yo me sentaba en la veredita del gran jardín a leer El Corsario Negro o Las Aventuras de Tom Sawyer, con el sol de media estación al frente, y Chiche apoyando el morro sobre mi muslo. Juntos íbamos a la cocina, robábamos medio pan francés, lo mezclábamos con azúcar del gran tacho de aluminio, y comíamos ya de regreso a la veredita.

¿Dónde está el Chiche, mi perro peludo de mal aliento?

Llegó un día en que mi familia logró crecer económicamente, pero claro. ¡Éramos tres hijos de diferentes sexos y edades! ¡Menudo problema, mudar a seis personas con su ropa y sus bártulos, desmontar una casona familiar de 50 años, despedirse del paisaje de siempre y volar al centro! A mí me mandaron de viaje a los Estados Unidos, con la Tía Cándida. La aventura duró desde noviembre hasta marzo. Cuando volvimos a la Argentina, ya nuestra casa era un piso espléndido en Galileo y Copérnico. Sin árboles. Sin el Chiche.

No fui capaz de preguntar a mi madre y a mi padre: ¿Dónde está el Chiche, mi perro peludo de mal aliento?

No fui capaz. Y hasta hoy no he preguntado.

Llegó la época del Pinti, un fox terrier pelo corto con una mancha negra en el lomo blanco. Vivaz, alerta y guapo. El Pinti fue mi amigo de los veranos en Gesell, las carreras por los médanos, los paseos de trasnoche por Plaza Francia, del rabo siempre movedizo. Yo le preguntaba: ¿Vamos a pasear? Y el Pinti entraba en paroxismo, corriendo a buscar la correa, saltando sobre mi pecho, gambeteando y llorando. Luego partíamos, de noche, por las escalinatas, parques y curvas de la Isla, y allí se me perdía, siempre disparando detrás de algo. Yo subía y bajaba escalinatas de mármol bajo la luna llena y lo llamaba: ¡Pinti, Pinti! Nada. Al final, en una esquina o recodo, aparecía Pinti feliz. Había vivido una hora de aventuras, que no tenía por qué (ni cómo) relatarme. Claro: yo tenía 16 años y me daba el cuero para soportar todas aquellas caminatas nocturnas. Hoy no podría.

Luego vino la época del Loco. Yo tuve una perrita bóxer muy frágil y desnutrida (llamada Macoña) que murió a los cuatro meses de edad, y viéndome tan triste, mi amigo Mario Mactas me regaló un cachorro, tal vez no tan fino, pero grandote y vigoroso, al que llamé Loco.

Fue mi perro en Sitges, España. Incontenible, tiraba de la correa hasta dislocarme el brazo. En la playa, yo corría hasta el fin de la escollera y le arrojaba un madero al mar. Loco saltaba y nadaba, afrontando olas, hasta atrapar el madero a 100 metros de la costa. Y desde allí lo traía hasta la arena finita de la orilla, ancho el pecho piafante, aunque corrieran los tiempos fríos de diciembre y enero en la costa catalana.

¡Qué loco aquel perro, y cuán feliz me hizo! Porque uno se identifica con su perro. Las estrellas de cine, con sus mascotas tipo caniche toy o yorkshire terrier o bulldog francés. Los hombres, por lo general, elegimos un macho fuerte: bóxer o dogo. Y si tenemos mucha agresividad en el alma, un doberman o un rottweiler. Todos ellos son bellísimos, cada cual en su estilo: también el inofensivo y familiar golden retriever, alegre colaborador para el matrimonio joven con hijos.

Los buscamos por el mundo, y los encontramos de acuerdo a nuestra personalidad

Los buscamos por el mundo, y los encontramos de acuerdo a nuestra personalidad. Ellos se ocupan de venerarnos, celebrarnos, agradecernos y decirnos que somos poco menos que genios.

Cualquier ser humano se encuentra con la siguiente situación. Vienen visitas y el perro molesta, porque chumba o gruñe. Con miedo al tarascón imprevisto que puede ocasionar conflictos, el patrón lo encierra en el baño de servicio, no sin asestarle una afectuosa patada. Allí el pobre perro ladra durante media hora. Después se cansa, se enrolla y duerme. Olvida la afrenta. Pasa un lapso indefinido. Alguien le abre, finalmente, la puertita del baño infecto, y el perro sale feliz, moviendo la cola, agradecido a sus dueños, lamiendo las manos.

Moralmente, los perros son mejores que nosotros. Mejores que usted y yo. Son buenos. Y nosotros, tal vez, no. Nos cuesta bastante decir "gracias" o "te quiero". Más bien somos amigos de opinar sobre la vida y las cosas.

Dedico este modesto homenaje a Tao y Mulán, a Violeta, Canela, Reina, al Pinti y el Chiche, a todos los perros que nos hicieron felices sin esperar nada a cambio, salvo un buen hueso de caracú. Y si usted se emocionó un poquito al leer estas líneas, llore tranquilo que el asunto no tributa..

miércoles, 16 de octubre de 2013

Dóberman

  • El dóberman es una raza relativamente reciente, debe su nombre al alemán Karl Friedrich Louis Dobermann, quien a finales del siglo XIX, emprende la tarea de crear una nueva raza de perro que sirviera ...Wikipedia
  • Esperanza de vida: De 10 a 11 años

    Origen: Alemania

    Categoría: Raza

    Clasificación superior: Canis lupus familiaris

    Altura: Masculino: 66–72 cm, Femenino: 61–68 cm

    Peso: Masculino: 34–41 kg, Femenino: 27–36 kg

    European Dobermann.jpg

  • CÉSAR MILLÁN

    El gurú de los perros revela cómo criarlos felices y obedientes

    POR ELENA PERALTA
    Conduce un popular ciclo en Nat Geo y atiende las mascotas de estrellas de Hollywood.

    Son como los tratan. Para Millán, no hay razas buenas y razas malas. “Ese es un concepto humano y racista”, dice.

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    09/10/13 – Clarin

    http://www.clarin.com/sociedad/perros-revela-criarlos-felices-obedientes_0_1007899266.html

    Si en Hammelin el flautista hubieran querido encantar perros en vez de ratones, su trabajo hubiera sido más simpático, pero muy complicado. Si no, basta pararse en una esquina e intentar creer que a los paseadores sus perros les hacen caso. El mexicano César Millán vino a este mundo a dar fe de que las mascotas pueden obedecernos, pero recorriendo el camino inverso.

    “Somos nosotros los que tenemos que aprender de ellos”, asegura del otro lado del teléfono desde un hotel en Colombia, una de las paradas de la gira latinoamericana que lo traerá este fin de semana al Luna Park. Sí, Millán, “el encantador de perros”, gira como una estrella de rock. Y sus grupies son casi tan famosos como sus dueños. Entre otros, atiende a los animales de Oprah Winfrey, Scarlett Johansson y Nicolas Cage. Y cada fin de semana sus consejos en su programa El Líder de la Manada, por Nat Geo, son una especie de biblia canina para miles de televidentes.

    –¿Cómo es “el camino inverso”?

    –El humano es tan autosuficiente que siempre se pone en el lugar del que enseña y al perro en el lugar del que debe ser adiestrado, domesticado, educado. En realidad, ellos pueden enseñarnos a nosotros. El perro no entiende de éxito, ni de dinero. Tiene otras prioridades. Es feliz con muy poco.

    –Pero vos atendés a varios ricos y famosos…
    –Sí, pero un perro no entiende que su dueño sea millonario o viva con lo justo. A él le importa el aquí y el ahora. Entiende lo que recibe… –Es la psicología de los perros de la que hablás en tus programas
    –Claro, pero no es algo demasiado sesudo. En lugar de pensar en cómo entrenar al perro, hay que pensar en cómo me puedo entrenar a mí mismo para vivir con ese perro. Para un animal la vida es muy simple: comer, pasear, recibir afecto.

    –Suena fácil, pero mi labrador se comió los muebles de mi casa…
    –Hay tres niveles de energía en los animales: pequeño, mediano y alto. Nunca hay que ir en contra de esa naturaleza.

    –¿Perro grande, casa grande?

    –No. No creo que haya que elegir a las mascotas en función del espacio. Ahora, si vas a poder sacar a pasear a tu perro sólo diez minutos cuando vuelves de trabajar, no elijas criar perros de energía alta, como un labrador o un rottweiler.

    –¿Hay razas buenas y malas?

    –No. Eso es una especie de moda. En una época fueron los ovejeros, luego los doberman, los rottweiler y ahora los pitbull. Lo de razas buenas y malas es un concepto humano y racista. Los perros no saben de razas, saben de cómo los tratan.


    ¿Un perro muerde porque lo tratan mal?

    –Tratar mal no sólo es pegar. Ir en contra de su naturaleza es maltratarlo. Yo les digo a mis clientes es que dejen a sus perros ser perros. Un humano trata a su caballo como a un caballo, y a su perro como a un humano. ¿A quién quiere más? Yo diría que a su caballo.

    –Yo todas las noches saludo a mis hijos y a mi perro ¿Hago mal?

    –No, pero esa necesidad de entablar un diálogo humano con tu perro es tuya. No de él. El necesita de tu afecto, pero no tiene que dejar de ser perro. Si los yorkshire hablaran dirían “méteme en la cartera, pero cuando esté cansado”. Ellos no tienen idea de cuánto cuesta el bolso. Tienes que detenerte a pensar si no tendrás a un perro neurótico apresado en un Luis Vuitton.

    –Felices con poco…
    –Yo me crié en un rancho en Sinaloa. No sobraba nada. Mi abuelo tenía decenas de perros y caminaba entre ellos con afecto y autoridad y ellos le devolvían lealtad. Las cosas que aprendí esos días hicieron que 30 años después me anden diciendo “encantador de animales”.

    Más información:

    7 normas para adiestrar a un perro

    Confirmado: los perros sienten nuestro dolor y nos consuelan